domingo, 8 de marzo de 2015

Star Wars: Un Nuevo Amanecer

Aquí voy a ir traduciendo poco a poco el libro Star Wars: A New Dawn de John Jackson Miller, ya que me temo que Planeta va a tardar bastante en traducirlo. En cuanto lo haga y salga a la venta en España, dejaré de traducirlo.

No esperéis mucha calidad en la traducción ni rapidez ya que solo soy un aficionado y no tengo bastante tiempo libre, pero espero que os guste y que os sea util. Os agradecería muchísimo si en los comentarios me aconsejarais cambiar algunas frases por otras más adecuadas.

Voy a traducir este libro en especial ya que es la primera novela del Nuevo Universo Expandido, el Nuevo Canon.

Si tenéis dudas sobre su ubicación en la Linea Temporal de Star Wars, os dejo este blog que sin duda os las aclarará.

¡Gracias y que lo disfrutéis!


---------STAR WARS: UN NUEVO AMANECER---------

PRÓLOGO

Durante mil generaciones, los Caballeros Jedi trajeron la paz y el orden a la República Galáctica, ayudados por su conexión con el campo de energía mística conocido como la Fuerza. Pero fueron traicionados y la galaxia entera tuvo que pagar el precio. Es la Era del Imperio.

Ahora el Emperador Palpatine, una vez Canciller de la República y en secreto un Sith seguidor del Lado Oscuro de la Fuerza, ha traído su propia paz y orden a la galaxia. Paz, a través de la brutal represión, y orden, a través del creciente control sobre las vidas de sus súbditos.

Pero aún con la opresión de hierro del Emperador, otros han empezado a cuestionarse sus métodos y motivos. Y otros más, cuyas vidas han sido destruidas por las maquinaciones de Palpatine, se esparcen por la galaxia como bombas sin detonar, esperando estallar…

Años antes…

–Es hora de volver a casa –dijo Obi-Wan Kenobi.

El Maestro Jedi miró hacia las luces intermitentes del panel de su derecha y luego a los estudiantes que le observaban. El pasillo entre hileras de imponentes ordenadores en el puesto central de seguridad estaba diseñado para unos pocos Jedi de mantenimiento, no una multitud; pero los jóvenes iniciados cabían adecuadamente, temerosos de empujarse los unos a los otros en la presencia de sus profesores durante la mañana.

–Eso es lo que significa esta señal –dijo el barbudo hombre, volviéndose de nuevo a la interfaz. Filas de luces azules brillaron en un mar de indicadores verdes. Accionó un interruptor–. Ahora no podéis oír ni ver nada. No aquí en el Templo Jedi. Pero lejos de Coruscant, en planetas de toda la galaxia, aquellos de nuestra Orden recibirán el mensaje: regresad a casa.

Sentado en el suelo con sus compañeros en el puesto central de seguridad, el joven Caleb Dume escuchaba, aunque no atentamente. Su mente vagaba, como lo hacía a menudo cuando trataba de imaginarse en el campo.

Ahora era delgado y huesudo, de piel rojiza y ojos azules bajo una mata de pelo negro. Era uno del montón, aún no era aprendiz de ningún mentor. Pero algún día, él estaría ahí fuera, viajando a exóticos mundos con su Maestro. Proporcionarían paz y orden a los ciudadanos de la República Galáctica, derrotando a cualquier mal que se encontraran.

Entonces se vio a sí mismo como Caballero Jedi, luchando junto a los guerreros clon de la República contra los enemigos separatistas. Claro que el Canciller de la República Palpatine había prometido resolver la guerra pronto, pero nadie podía ser tan fuerte como para terminar la guerra antes de que Caleb tuviera su oportunidad.

Y luego, finalmente, se atrevió a esperar que se convertiría en un Maestro Jedi como Obi-Wan, aceptado pese a su juventud como uno de los sabios de la Orden. Entonces realizaría realmente grandes hazañas. Dirigiría la valiente batalla contra los Sith, los legendarios equivalentes malvados de los Jedi.

Ciertamente, no habían sido vistos en mil años y no sabía de ninguna oscuridad que fuera a regresar. Pero respecto a sus ambiciones, Caleb no era diferente a los otros iniciados de su alrededor, sin importar el género, sin importar la especie. La imaginación de los adolescentes no conocía límites.

El Maestro Jedi de pelo rubio rojizo tocó el panel de nuevo. –Ahora está solo en modo de prueba –dijo Obi-Wan–. Nadie responderá. Pero en el caso de una emergencia real, los Jedi recibirían el mensaje de todas formas–. Observó a sus oyentes. –Hay una señal de alerta básica y luego hay otros componentes, en los que podréis encontrar mensajes de texto y holográficos más detallados. No importa el formato, el propósito principal debe quedar claro–.

–¡Volver a casa! –gritaron los estudiantes al unísono.

Obi-Wan asintió. Entonces vio una mano levantarse. –El estudiante de atrás –dijo, buscando un nombre–. Caleb Dume, ¿verdad?

–Sí, Maestro.

Obi-Wan sonrió. –Yo también estoy aprendiendo –los estudiantes soltaron una risilla–. ¿Alguna pregunta, Caleb?

–Sí –el chico tomó aliento–. ¿Dónde?

–¿Dónde qué?

Los otros pupilos rieron otra vez, un poco más alto.

–¿Dónde está nuestra casa? ¿A dónde vamos?

Obi-Wan sonrió. –A Coruscant, por supuesto. Aquí, al Templo Jedi. Es exactamente como suena la llamada.

El profesor empezó a volverse hacia la baliza cuando notó que Caleb Dume sostenía su mano en el aire de nuevo. Caleb no era de los que se sentaban delante en cada lección, nadie respetaba a la mascota del profesor, pero la timidez nunca había sido uno de sus defectos.

–¿Sí, Caleb?

–¿Por qué…? –la voz del chico se quebró, lo que provocó más risitas de sus compañeros. Los miró y volvió a empezar– ¿Por qué ibamos a necesitar a todos los Jedi aquí a la vez?

–Muy buena pregunta. ¡Mirando a este lugar, uno pensaría que tenemos a todos los Jedi necesarios! -Obi-Wan sonrió a los maestros de los estudiantes que permanecían fuera en la sala de control más espaciosa, observando. Por el rabillo del ojo, Caleb podía ver a Depa Billaba entre ellos. De piel bronceada y cabello oscuro, ella había mostrado interés en tomarle como su aprendiz, y ahora le estudiaba desde lejos con su habitual mirada paciente, ¿de qué estás hablando ahora, Caleb?

Caleb quería que se le tragara la tierra, cuando Obi-Wan se dirigió a él directamente. –¿Por qué no me lo dices tú, Caleb? ¿Qué razones crees que nos llevaría a llamar a cada Jedi de la Orden?

El corazón de Caleb se aceleró al darse cuenta de que todo el mundo le estaba mirando. En su vida diaria, al muchacho no le preocupaba hablar en público; los niños con los que entrenaba sabían que él nunca se echaba atrás. Pero en el grupo había estudiantes que no había visto antes, incluso los más mayores, por no mencionar a los Maestros Jedi. Y Caleb había metido la pata en su oportunidad de impresionar a un miembro del Alto Consejo delante de todo el mundo.

O se trataba de una oportunidad de fracasar en su pregunta y aguantar sus risas. Había tantas posibilidades…

Incluso una pregunta trampa.

–Sé cuáles son las razones por las que les llamasteis –dijo Caleb finalmente. –¡Razones inesperadas!

Las carcajadas surgieron de los demás, todo rastro de respetuoso orden desapareció con las palabras de Caleb. Pero Obi-Wan alzó las manos. –Es la mejor respuesta que he oído –dijo.

El grupo se calmó y Obi-Wan continuó: –La verdad, mis jóvenes amigos, es que simplemente no lo sé. Podría contaros todas las diversas veces a lo largo de la historia de la Orden en las que los Jedi han sido convocados a Coruscant para tratar con una amenaza u otra. Tiempos peligrosos, que acabaron en grandes heroicidades. Hay hechos y hay leyendas que rozan la realidad, y todas pueden enseñaros algo. Estoy seguro de que Jocasta, nuestra bibliotecaria, os ayudaría a explorar más –juntó las manos–. Pero no hay dos eventos iguales, y cuando la señal se activa de nuevo, ese evento también será único. Espero que no sea necesario, pero saber esto
es parte de vuestro adiestramiento. Así que lo importante es que cuando llegue la señal…

–¡Vuelvan a casa! –dijeron los niños, incluido Caleb.

–Muy bien –Obi-Wan desactivó la señal y entre la multitud se dirigió hacia la salida. Los estudiantes se levantaron y en fila volvieron a la sala de control, apreciando el amplio espacio y charlando sobre la vuelta a sus otras clases. La excursión a este nivel del Templo Jedi había terminado.

Caleb también se levantó, pero no salió del pasillo. Los Jedi enseñaban a sus aprendices a mirar todos los puntos de vista de las cosas y se le ocurrió que había otro punto de vista además del que se le acababa de mostrar. Con el ceño fruncido empezó a levantar la mano otra vez. Luego se dio cuenta de que era el único que quedaba. Nadie estaba mirando o escuchando.

Excepto Obi-Wan que estaba junto a la entrada. –¿Qué? –dijo en alto el Maestro por encima del jaleo. Detrás de él, los demás se callaron, quedándose quietos.– ¿Qué, Caleb?

Sorprendido de haber sido atendido, Caleb tragó saliva. Vio a la Maestra Billaba con el ceño algo fruncido, sin duda preguntándose qué se proponía ahora su impulsivo carácter. Era un buen momento para callarse. Pero estaba solo, en el pasillo entre las hileras de luces, comprometido. –Esta baliza. Puede enviar cualquier mensaje, ¿verdad?

–Ah –dijo Obi-Wan–. No, no la usamos para asuntos administrativos regulares. Como Caballeros Jedi, los cuales espero que lleguéis a ser, recibiréis dichas instrucciones individualmente, utilizando formas menos dramáticas de…

–¿Podéis enviar a personas?


El grupo se quedó sin aliento. Interrumpido, pero al parecer nada irritado, Obi-Wan le miró fijamente. –¿Perdón?

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